martes, 13 de diciembre de 2011

El gato que no sabía hablar

Ilustración Elena Rojo

Este gato era muy especial, no sabía hablar, la única forma de entenderle era  mediante sus actos.
Esto era muy complicado, ya que normalmente actuaba al revés de lo que quería mostrar.
Cuando quería mostrar agrado, arañaba las cosas, destruyendo todo lo que le hacía sentir bien.
Cuando el gatito necesitaba algo, se escondía, pensando que los demás irían ayudarlo.
 Cuando tenía hambre, miraba fijamente y se restregaba en los demás, consiguiendo sólo caricias de los que le rodeaban.
El pensaba que todo el mundo estaba loco, que nadie entendía nada...
En lugar de intentar cambiar él, se limitaba a juzgar a los demás.
 Una noche cogió una pequeña mochila y sin hacer ruido, cosa que se le daba muy bien, abandonó su hogar. A la mañana siguiente el gato iba andando sólo, perdido y triste.
 Se paró a observar a una preciosa mariposa con grandes alas, le entraron unas ganas tremendas de poder volar como ella, dando saltos  intentó cogerla con sus afiladas uñas.
La mariposa tremendamente enfada le dijo:
-Pero, ¿qué haces?, no ves que si me rompes las alas nunca podré volar-...y se marchó dejando una estela de polvos brillantes.
El gato avergonzado salió corriendo sin mirar atrás. Cuando se dio cuenta, había llegado a un sitio muy oscuro donde apenas podía distinguirse nada,  entonces apareció una especie de mariposa que brillaba, ¡era una luciérnaga!,  había oído hablar de ellas pero nunca las había visto.
Pensó que era un ser muy extraño y bello a la vez, así que las siguió. 
Esta vez se había prometido no intentar arañarle con sus uñas, sólo observaría.
Al instante apareció otra un poco más pequeña, e iba siempre pegada a la grande, -su madre-, supuso el gatito.
La luciérnaga más grande era muy parlanchina, no paraba de hablar ni un momento, le iba explicando a su hija cómo tenía que brillar para conquistar a los luciernagas machos.
Ésta le contaba una bonita historia de la aldea en la que vivía, situada en los árboles del bosque de Saonia.
-Cuando llegan las noches cálidas hija mía, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan, para conseguirlo tienes que aprender a billar con mucha clase-.
El gato se quedó pensativo, todo lo que estaba viendo y escuchando era muy raro para él.
Pensó entonces que si seguía los pasos que había indicado Mamá luciérnaga quizá encontraría una pareja y así no se sentiría tan solo. Así que intentó brillar con todas sus ansias, pero no conseguía nada. Se quedó pensativo y dijo -si ellos pueden, ¿por qué no voy a poder yo?-.
Justo en ese momento una voz le habló:
-Pero, ¿qué estás haciendo pequeño gato?, ¿qué te ha traido aquí?
El gato no sabía como hacerle entender que el quería brillar como ellas.
La luciérnaga le dijo:
-Gato eres muy hermoso y no hace falta que me digas nada para saber que te ocurre, mira dentro de ti y seguro que consigues lo que te propongas.
El gatito estaba harto, todo el mundo se dedicaba a decirle lo que tenía que hacer, pero no le daban ninguna solución.
Se marchó sin mirar atrás, sin saber que sucedería y teniendo claro que buscaría lo que realmente le hace feliz....



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